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A lo largo del día tomamos un promedio de 35.000 decisiones. ¿Te lo habías imaginado? El 99% de ellas las llevamos a cabo de manera automática. No nos planteamos el esfuerzo que requieren o los efectos o consecuencias que acarrean. 

El desarrollo del cerebro humano ha llevado a que funcione como un “automatizador” de procesos que se repiten cada día. De esta forma, reduce las decisiones reales a tomar a unas 100 al día, lo que supone unas 4 decisiones por hora. El resto, salen solas.

Vivimos en una era digital donde los inputs nos llegan de manera masiva desde que nos levantamos: notificaciones en nuestros dispositivos, las redes sociales, WhatsApp, etc. El cerebro va creando sesgos cognitivos para acceder y facilitarnos procesar todo ese torrente de información.  El cerebro usa estos atajos para resolver a corto plazo. Cuantas más decisiones tomes al día, más atajos irá generando en su lucha por conservar energía. 

En un momento como el actual, donde la situación nos ha llevado a toma de decisiones de manera continuada y rápida, el cerebro se ve sometido a una necesidad urgente de completar tareas y hacer elecciones. La mayoría de las acciones, también a nivel empresarial, han sido tomadas desde el impulso de resolver una necesidad urgente. Según los expertos, “no importa lo sensato que seas, no puedes tomar una decisión tras otra sin pagar por ello un precio biológico”. Es lo que llaman fatiga por decisión. Término acuñado por Roy. F. Baumeister, psicólogo social y autor de ‘Willpower: redescubriendo la fuerza humana más grande’. El cerebro también se agota y busca resolver los conflictos más inminentes de la forma más sencilla posible. Cuando esta energía limitada del cerebro se acaba, según Baumeister comenzamos a tomar malas decisiones o directamente no hacemos nada. La fuerza de voluntad se está agotando. Tu cerebro entra en análisis de parálisis.

“Realmente lo que hace el estrés, sin embargo, es agotar la fuerza de voluntad, la cual disminuye tu capacidad de controlar las emociones”. Roy. F. Baumeister

Todo esto, se refleja a nivel organizativo en las empresas. Comienzan a crearse los “cuellos de botella”, que desembocan en el caos. Fundamentalmente, esto se aprecia en los puestos de responsabilidad, en los que se atienden a múltiples solicitudes al mismo tiempo; tienen listas de pendientes que no logran acometer; hacen multitareas; acometen la jornada de manera reactiva y un largo etcétera que hace que todo confluya en que la toma de decisiones alcance su punto más bajo y de ahí al fracaso. 

Esta fatiga por decisión nos afecta también a nivel personal. La falta de control se traslada a la emoción y hace que lleguemos a la ausencia de toma de decisiones, por cansancio mental y por evitar una equivocación o un comentario a nuestro fallo. “Elige tú la película, me da igual”. Lo único que necesitamos es descansar. 

Pero no podemos dejarnos llevar y caer en ese extremo abúlico y desesperanzado. Efectivamente, es un momento en el que necesitamos revisar nuestro descanso mental y prestar atención al que es un motor de nuestro cuerpo: el cerebro. No podemos parar de tomar decisiones, lo que sí podemos hacer es buscar ayuda para que sean las más favorables, objetivas y resuelvan a largo plazo las necesidades que se nos plantean. 

Aquí está la figura del consultor. Será la persona que analizará la situación actual, diseñará la solución y determinará los beneficios de esta. En equipo con el o los responsables asignados a cada área, pondrá luz y dará soporte y agilidad a las diferentes situaciones a resolver. 

Las organizaciones son dinámicas y las circunstancias ya hemos aprendido que pueden variar de un día para otro. Esto afecta a cómo administramos la empresa, cómo nos aseguramos mantener nuestro flujo de clientes, proveedores, etc. 

Esa planificación anual se ha visto desmoronada en un alto porcentaje, por lo tanto, hace falta un nuevo diagnóstico que permita a la organización seguir creciendo y desarrollándose en el paradigma actual. Cuando hacemos este diagnóstico nosotros mismos, desde el interior de la empresa, carece de objetividad y su composición se suele relegar a los espacios libres entre esas tareas diarias que nos invaden. El tiempo por lo tanto transcurrido desde que se analiza y detecta la necesidad hasta poder ejecutar una acción concreta de mejora para ella, se puede alargar a meses. Y el coste de oportunidad es demasiado elevado. Nuestra lista de tareas establecidas por orden de prioridad, deben acompañarse de las acciones que vamos a acometer con sus responsables y fechas de ejecución.  Trasladar las nuevas tareas al equipo, explicar objetivos y llevar a cabo la rendición de cuentas, son acciones cruciales que requieren de unos estados de energía y atención muy altos. 

La figura de un consultor externo aporta una serie de beneficios que son aceleradores de las mejoras: 

  1. Aportamos una visión objetiva a la situación y dan claridad a la organización.
  2. Entregamos conocimientos, especialización, experiencia y madurez acumulada. 
  3. Definimos y ayudamos a alcanzar los objetivos fijados.
  4. Elevamos el desempeño de la productividad y competitividad.
  5. Aplicamos metodología de alto impacto y contribución. 
  6. Mejoramos el clima laboral y consolidamos la cultura de la empresa. 
  7. En Nac Salud, utilizamos una metodología práctica y funcional que alejan de las teorías y facilitan el cambio a nuestros clientes. 

El objetivo puede ser diferente: la recuperación, la transformación del modelo de negocio, reestructuración del equipo, mantenimiento y adaptación de las ventas a la nueva situación del mercado, ahorro de costes… El dinamismo de una organización permanece, es continuado y a veces, como en estos momentos, puede llegar a superar la capacidad de recuperación para una buena toma de decisiones. Dejarse acompañar por un consultor es una decisión de avance, de implicación con la calidad y de habilidad profesional para lograr el éxito y subirse al carro de este nuevo paradigma laboral, donde la sinergia entre profesionales supondrá un nuevo formato en la forma de avanzar las organizaciones.


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